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Pernoctando

mayo 9, 2007


La luz amarilla contrasta con los mostradores blancos, la bata blanca contra los dientes amarillos. El anciano y su lustrosa tijera secuestran tres columnas y una fotografía. Un joven con la barba de ocho días y la camisa arrugada toca la puerta. Ya me introduje en una película italiana, faltan cinco horas para ir a la universidad. Es lunes.

El joven hace señas que me son indescifrables. El viejo abre una caja negra, la única venta de la madrugada. El joven mira con extrañeza el rótulo de la mercadería.

-¿Extra sensitivo?
-Claro, extra sensitive.

-No quería un preservativo, deseo acabar con el insomnio.
-En todos estos años, no he errado nunca. Usted necesita rameras más que dormir.

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Lo sé, pero en italiano sonaba mejor. Si Da Vinci te hablara de una uña incrustada te parecería genial. Si la dibujara en algún código anatómico, el museo que visitaste en Lisboa se desviviría por tenerlo en una exposición temporal. Solo me consta el Código Náutico. ¿El Código Da Vinci? No lo he leído aún.

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El anciano invita a su desgarbado cliente a ingresar al establecimiento. Media hora antes, el entonces portador de una muy pulcra camisa, le cobraba con besos una ropa interior francesa a otra bella descendiente de los arquitectos del coliseo romano. ¿Por qué digo “otra”? No tarda en aparecer.

El hombre de bata blanca saca una botella con pastillas rosa y la ofrece.

-¿Es la mejor que hay?
-No, pero esta otra, sí.

Cuesta la mitad. Los dos ríen. Uno se sienta mientras el otro traga dos grageas sin necesidad de otro líquido más que su saliva. El anciano cuenta que solo atiende de noche, pues no gusta de su antónimo. Su insomnio es una protesta contra la vida cotidiana.

-Pero los miércoles atendemos de día. La que se encarga es mi hija.

Los dos amigos de la noche (pronto cómplices) hablan de la providencia. El viejo tiene un álbum donde ha recogido notas periodísticas que sustentan su tesis.

“Joven despierta de un coma después de dieciocho años y sufre muerte fulminante.”

“Hombre muere de asfixia porque le creció la barba al revés.”

La conversación se pone interesante y el joven se apena por la efectividad de las pastillas. Expresa su disconformidad con tal eficacia y mientras cae a la velocidad del caracol sobre las manos paternales del viejo farmacéutico… entra la otra mujer de la película, en verdad la principal. Tan pálida y elegante, solo en el cine (¿o en Italia?) las mujeres salen tan bellas aunque el guión diga que se acaba de levantar, alertada por la voz extraña que podría estar amenazando a su testa della famiglia.

Las chicas del cine, tan diferentes a las de Fashion TV. Y es que ver por una hora el especial del calendario Pirelli 2005 me dio cierto placer culposo, que luego se convirtió en la búsqueda frenética por el control remoto que acabó entre las sabanas. Ver a las exitosas modelos me hace sentir tan distante al premio infantil o al primer beso con la chica que me gustaba en la clase de Derecho.

No voy a terminar la película, un pestañeo más y aparezco a las siete de la mañana listo para llegar tarde a la universidad.

Originalmente publicado el veinticuatro de mayo del 2005 en loscuentos.net.
Foto: yo, retratado por Gabriela Machicao

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