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En la Plaza Mayor

mayo 9, 2007


civismo en la plaza mayor


Camino por Mercaderes sin coches que coaccionen; sin trotar con las rodillas juntas, con las suelas de goma sobre los adoquines y los hombros tensos. Ya van tres cuadras sin automotor. Los niños con tarolas y cornetas invaden la Plaza Mayor. Las palomas cumplen el natural proyecto de fuga y soy el billonésimo ser humano que envidia la sustentación aerodinámica (desde el ave del paraíso estamos así, quizá desde la libélula o por el primer suicida que vimos frente al acantilado). La comparsa exige nuestra atención, como si no la tuviera. Aquellos que carecen de aptitud musical (como sus mediocres líderes) pregonan el cuidado del agua con cartulinas. No sé quien es mas idiota, el niño que pregona detrás de los bombos o su profesor que tiene la bragueta abierta. El civismo marchante me quita el hambre como la persecución de ayer. Es el turno de la secundaria.

Me dirijo al emporio del calzado. Vestiré mi terno azul y llevare en el reverso del recibo la dirección que acabo de anotar. Cuando llegue al colegio, me presentaré como un inspector del ministerio. Sin mejor identificación que un buen argumento, a prueba de tontos/burócratas, atravesaré el portón descascarado. El director verá con vergüenza mis zapatos nuevos cubiertos de polvo y su pobreza servil lo volverá en extremo acomedido. Al día siguiente se volverá un infame que en el remoto periódico extranjero quedara como el más grande negligente que permita recordar la memoria a corto plazo de los titulares después de la cena (como el operario de trenes de la semana pasada). El niño que me dictó la dirección dudará en desenmascararme. No creas que por mi reciente afeitada, sino por el tono de mi voz. Tal vez fui muy amable al pedirle referencias. Lo humillaré y nadie discutirá que ha reído mientras era presentado a la clase. Su tristeza se convertirá en un macabro alivio cuando sepa que el único sobreviviente, es él.

– Por favor retírese, es una vergüenza para esta institución del saber.

– Pero doctor, ¿se quedará todo el día en la oficina?

– Por mí, que se vaya a su casa. Le aseguro que nunca regresará a esta aula.

Despierto y salgo a comprar zapatos.


28 de octubre del dos mil seis
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